Archivo Categoría 'Si nos dejaran leer (Autores olvidados)'

Marosa di Giorgio

Jueves, Septiembre 25, 2008

evelyn caf mitre.jpg

Por Ángeles Durini

Cuando tenía dieciséis años vinieron a visitarnos Esther y Eloísa, mis tías postizas uruguayas, y se quedaron en casa. Venían una vez cada tanto y eran muy bien recibidas porque eran dos señoras solteras, cariñosas y simpáticas que siempre se acordaban de traer un regalo para cada uno de los que formaba parte de mi ristra de hermanos. Esa vez, Esther, que había trabajado en el BP Color, venía para atender el stand de Montevideo en la feria del libro. Y una de esas tardes en que se iba para la feria, la acompañaron su hermana Eloísa y mis padres, porque una parienta de una parienta presentaba un libro. Volvieron con dos libros, eran dos los que se presentaban, de dos autoras diferentes. Nunca supe cuál era la parienta de la parienta. Yo escuchaba con un oído los comentarios de que estaba fulanita y sutanito, y lo bien que había hablado menganita, cuando vi el título. Los habían dejado por ahí, dos libros hechos con poco, se notaba a la legua, pero con forma algo rara, cuadrados, del tamaño de un azulejo. Los papeles salvajes. En ese momento, que la palabra “salvajes” estuviera al lado de “papeles” me entró hasta la médula. Mientras seguían conversando robé el libro. Lo escondí en una bibliotequita que yo tenía en un pasillo. Y esperé. Un buen día se terminó la feria y mis tías queridas y postizas se volvieron. Nadie lo reclamó nunca. Supongo ahora que la parienta de la parienta era la otra. Entonces me fijé en el nombre de la autora: Marosa di Giorgio. Marosa en vez de Marisa. Y lo abrí. Entré en un montón de palabras que, así como estaban puestas, empezaron a caer adentro de mí, o yo a caer adentro de ellas sin saber a dónde me llevaban. A una fascinación. Olores, luna, una abuela, campo, rocas como mujeres de la medianoche, una niña que sale de la casa a buscar huevos rojos.
Una vez le vi la cara en la tele, en un programa de Silvia Hopenhayn. Era una cara con pelo ondeado y misterioso. Después me enteré que la prestigiosa editorial Adriana Hidalgo había reeditado Los papeles salvajes en el año 2.000. Yo conservo la “mía” vieja, de tapa cuadrada y naranja, de la editorial Arca.tapa libro.jpg
Cuando quiero oler almendro o que me roce la frente un racimo de uvas, cuando me dan ganas de leer una versión de Campánula, una niña a la que la sigue un perro enorme -a la niña le gustan los perros- y luego la abuela encuentra muerta y al levantarla, su cuerpo se le dobla como una campánula, cuando me viene la nostalgia de sentir lo que sentía cuando mi abuela me contaba, cuando muero por palpar hasta la sangre que se me fabrica en los tuétanos, lo busco en mi biblioteca y lo vuelvo a abrir. Los papeles salvajes. Y sale un olor a ramita de pino, y a piñón.

La luna ha clavado su herradura fina, de vidrio, en mitad del cielo.
La chimenea le envía humo, humo, humo.
Llega a la cocina y entra. El perro se detiene en el umbral.
A la voz de la niña se vuelve la abuela.
Y la abuela da un grito horrible.
La palabra “lobo” rompe los oídos de la niña.
La abuela se enloquece y golpea enloquecida, la puerta.
Cuando puede volver a mirar, ve a la niña, caída junto a las chimeneas. Y cuando puede detener el sacudón bárbaro de sus brazos, va hacia las chimeneas. Levanta el pequeño cuerpo, que se le dobla como una campánula.
Lo oprime, lo oprime. La niña está muerta.
La oprime, la oprime. Tiene olor a ramita de pino, y a piñón.

(Los papeles salvajes. Poemas. Arca, 1971)

La ilustración es de Evelyn, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.

Acerca de José “Pepe” Murillo

Martes, Julio 15, 2008

Por Franco Vaccarini

El primer escritor que conocí recién llegado a Buenos Aires, a fines de 1983, fue a José “Pepe” Murillo (1922–1997), por intermedio de mi hermana María, Profesora de Letras y que había consolidado una amistad con quien fue uno de los pioneros en dar talleres literarios, allá por la década del sesenta. Ya como alumno, viví jornadas mágicas en su living, rodeado de bibliotecas atiborradas de libros, y mil anécdotas de sus aventuras, entre ellas la de ser maestro alfabetizador en la Cuba comandada por un joven Fidel Castro. Generoso, gruñón, apasionado, empedernido fumador de cigarrillos largos, rubios y con boquilla, compartí con él y con mi novia Mechi inolvidables jornadas en su cabaña del Delta, donde me enseñó a remar entre los juncos, a la luz de la Luna, en el silencioso pasaje Esperita.
En la década del setenta Pepe se convirtió en un referente ineludible en literatura infantil y juvenil, un gran escritor para chicos que rescató el ambiente del monte jujeño, el color de sus cerros y de su gente, sus adorados animales. Su libro “Renancó y los últimos huemules”, en colaboración con Ana María Ramb, obtuvo un premio que lo llenaba de orgullo: el Casa de las Américas, en 1975. Mi amigo el Pespir, su libro más conocido, llegó a vender más de ochenta mil ejemplares.
La reedición y circulación de su obra sería muy bienvenida en estos tiempos. No dudo que más tarde o más temprano, este deseo se convertirá en realidad.

pespir040.jpg

Portada de
Mi amigo el Pespir
José Murillo
Editorial Cartago
Buenos Aires, 1966
 

“Aquí están. No precisamente las aventuras del monte que son infinitas como las piedras de los grandes ríos de montaña, sino algunas de animalitos que conocí en un año de vida en Santa Bárbara -región aún casi salvaje de la provincia de Jujuy-, y a los que aprendí a querer por su gracia natural y simpatía.
Estos cuentos no son obra de un naturalista, ni de un estudioso de las costumbres de esos animalitos. La lucha para ganar el pan -pues como la mayoría de los escritores de nuestro país no vivo de mis libros-, me ha impedido profundizar en la obra de autores idóneos y en la observación directa y metodizada como hubiese sido mi deseo. Es nada más que la obra de un escritor enamorado de las bellezas, de la vida y del destino de su patria.
Con ese cariño a mis hijos y a todos los niños que viven en la Argentina y que posiblemente desconozcan hasta el nombre de muchos de los personajes de este libro, que no son ficticios.  

José Murillo, Delta del Paraná, febrero de 1964.”