Archivo Categoría 'Odisea (Dossier)'

La costa oriental

Viernes, Agosto 29, 2008

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Marché directamente hacia la costa oriental de la isla, porque había resuelto descender a la restinga por el lado del mar, con lo que evitaba todo riesgo de ser descubierto desde el fondeadero. La tarde había caído, aunque aún lucía el sol y el calor era penetrante. Y a medida que seguía mi camino por entre los árboles, podía oír en la lejanía, frente a mí, no sólo el sonido del mar en las rompientes, sino el balanceo de las copas de los árboles que me indicaba que la brisa marina se levantaba con más fuerza que de ordinario. Pronto me llegaron las primeras bocanadas de aire fresco, y en unos pasos salí del bosque y pude contemplar el mar, azulísimo y resplandeciente de sol hasta el horizonte, y el oleaje que batía las playas y las cubría de espuma.
Nunca pude ver aquella mar en calma en torno a la Isla del Tesoro. Aún cuando el sol incendiara los aires sobre nuestras cabezas, aunque el cielo estuviera como suspenso, o aunque la mar fuera una limpia y tersa seda azul, grandes olas seguían batiendo noche y día a lo largo de la costa con formidable estruendo, y no creo que hubiera ni un solo lugar en la isla donde ese ruido no penetrara.
Seguí adelante, bordeando la playa, y lleno de alegría. Cuando consideré que ya había avanzado bastante hacia el sur, me deslicé con cuidado escondiéndome entre unos espesos matorrales, hasta que alcancé el lomo de una gran duna, ya en la franja arenosa.  Detrás de mí estaba el mar, y, enfrente, el fondeadero. La brisa, como si su violencia de aquella noche la hubiera agotado antes, había cesado; y suaves vientecillos se levantaban variables del sur y del sureste, arrastrando grandes bancos de niebla. El fondeadero, al socaire de la Isla del Esqueleto, era una balsa de aceite, como cuando por primera vez fondeamos en él. La Hispaniola se reflejaba nítidamente en la luna de aquel espejo, desde la cofa a la línea de flotación, y la bandera negra ondeaba en la pena de la cangreja.
A un costado amarraba uno de los botes, con Silver en popa -qué fácil me era siempre reconocerlo-, y en la goleta vi dos hombres reclinados sobre la amurada de popa; uno de ellos lucía un gorro rojo, lo que me indicaba que se trataba del mismo forajido que algunas horas antes había yo visto tratando de saltar la empalizada. Al parecer estaban en animada conversación, y reían, aunque a tal distancia -más de una milla- no podía yo entender ni una palabra. De improviso escuché la más espeluznante vocinglería, y, aunque al principio me sobresaltó, pronto reconocí los chillidos del Capitán Flint y hasta me pareció distinguir su brillante plumaje encaramado en el puño de su amo.
Poco después soltó cabos el bote y navegó hacia la costa, y el hombre del gorro rojo y su compañero desaparecieron por la cubierta.

La isla del tesoro
Robert Louis Stevenson
Editorial Genios

Este libro puede encontrarse en las bibliotecas

La casa de Juanita, Saenz 1340, Pompeya
Bartolomé Mitre, Larraya 4370, Villa Lugano
La Casita, Dorrego 1048, Chacarita

La ilustración es de Lucas, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.

Surcando los mares

Viernes, Agosto 22, 2008

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La ilustración es de Ale, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.

Vientos contrarios

Jueves, Julio 31, 2008

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Soy Ulises Laertiada, y todos los hombres me conocen por mis astucias, y mi fama ha subido hasta el Urano. Habito en la ilustre Ítaca, donde está el monte Nérito, de frondosos árboles azotados por el viento, y a cuyo alrededor hay muchas islas vecinas, como Dulikio, Same y Zazintos, cubiertas de selvas. Ítaca es la más alejada del continente, y sale del mar del lado de la noche, así como las otras están al lado de Eos y de Helios. Es abrupta, pero fecunda en buenos mancebos, y no hay otra tierra cuya contemplación me sea más grata. La noble Diosa Calipso me retuvo en sus grutas profundas, deseándome por esposo, y al igual que la engañosa Circe, me detuvo en su palacio de la isla Eea, queriéndome también para esposo, mas no pudieron llevar la persuasión a mi pecho, pes nada hay más dulce que la patria para aquel que, lejos de los suyos, vive en tierra extranjera, aun cuando ocupe un rico palacio. Pero voy a contarte mi doloroso retorno, que me ordenó Zeus cuando salí de Troya.
De Ilios el viento me llevó hacia los cicones, hacia Ismaro. Allí destruí la ciudad y maté a sus moradores, y las mujeres y los botines conquistados fueron partidos, y a nadie privé de su lote igual. Después ordené a los míos que huyeran con pie ligero, pero los insensatos no me obedecieron. Bebieron mucho vino y degollaron en la ribera ovejas y bueyes negros de flexibles remos.
Y, mientras tanto, los cicones fugitivos habían llamado a otros cicones, sus vecinos, que habitaban el interior de su país. Y eran numerosos y valientes, y tan hábiles para combatir desde los carros como a pie, cuando era preciso. Y vinieron ciertamente al rayar la mañana en tan crecido número como las hojas y las flores primaverales. El fatal designio de Zeus nos cercaba ¡infelices!, a fin de que sufriéramos mil males. Y nos atacaron desde sus naves ligeras y por ambos costados nos heríamos con nuestras lanzas de bronce. Mientras duró la mañana y la luz sagrada creció, a pesar de su superioridad numérica, el combate fue por nosotros resistido; más cuando Helios marcó el momento de desuncir los bueyes, los cicones vencieron a los aqueos y seis de mis compañeros de hermosas grebas perecieron en cada nave y los otros escaparon a la muerte y a la Ker.
Navegamos, alejándonos de allí, jubilosos de haber evitado la muerte y con el corazón entristecido por la pérdida de nuestros compañeros; pero mis naves, provistas de remos en los dos costados, no se alejaron sin que llamáramos tres veces a cada uno de nuestros compañeros muertos en la playa de los cicones. Y Zeus, que amontona las nubes, sublevó el Bóreas, produciendo una tremenda tempestad, y envolvió de nubes a la tierra y el mar, y la noche descendió del Urano. Y las naves marchaban empujadas, fuera de su rumbo, y la fuerza del viento desgarró las velas en tres o cuatro pedazos; y temiendo la muerte, amainamos las naves. Y éstas, a duras penas, fueron llevadas a la orilla, donde durante dos noches y dos días permanecimos rendidos, agobiados de fatiga y de dolor. Mas cuando Eos, la de la hermosa cabellera, se asomó al tercer día, después de enderezar los mástiles y desplegar las blancas velas, nos sentamos en los bancos, y el viento y los pilotos nos llevaron; y hubiera llegado sano y salvo al suelo de mi patria si el mar y la corriente del cabo Maleno y el Bóreas no me hubieran llevado hasta más allá de Cíteres. Fuimos arrastrados durante nueve días por vientos contrarios sobre el mar fecundo en peces; pero al décimo tocamos en el país de los lotófagos, que se alimentan de una flor. Allí, tendidos en la ribera, y después de coger agua, mis compañeros tomaron su alimento junto a las rápidas naves. Entonces elegí a dos de mis compañeros y a un tercero, que fue un heraldo, y les envié a que averiguaran quiénes eran los hombres que habitaban aquella tierra.

Odisea
Homero

Esta obra puede encontrarse en las bibliotecas

El Pastorcito, Manzana 5, Casa 53, Villa Fátima, Villa Soldati
Bartolomé Mitre, Larraya 4370, Villa Lugano
Padre Daniel de la Sierra, Manzana 24, Casa 30, Villa 21/24, Barracas
Voluntad del cielo, Avenida Eva Perón 6600, Establecimiento 387, Mataderos

La ilustración es de Yamila, de la biblioteca Padre Daniel de la Sierra, Villa 21/24, Barracas

En alta mar

Viernes, Julio 25, 2008

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La ilustración es de Diana
Biblioteca abierta
Biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano

A bordo del Mongolia

Viernes, Julio 18, 2008

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“La distancia entre Suez y Adén es exactamente de mil trescientas millas, y el pliego de condiciones de la Compañía concede a sus vapores un transcurso de ciento treinta y ocho horas para andarlo. El “Mongolia” cuyos fuegos se activaban considerablemente, marchaba de modo que pudiese adelantar la llegada reglamentaria.

La mayor parte de los viajeros embarcados en Brindisi iban a la India. Unos se encaminaban a Bombay y otros a Calcuta, pero por la vía de Bombay, porque desde que un ferrocarril atraviesa en toda su anchura la península hindú, ya no es necesario doblar la punta de Ceylán.

Entre los pasajeros del “Mongolia” había algunos funcionarios civiles y oficiales de toda graduación. De éstos pertenecían unos al ejército británico propiamente dicho, otros mandaban tropas indígenas de cipayos, todos con muy buenos sueldos, aun ahora después que el gobierno se ha sustituido a los derechos y cargas de la antigua Compañía de las Indias. Los subtenientes tenían trescientas libras de sueldo, los brigadieres dos mil quinientas y los generales cuatro mil.

Se vivía por lo tanto, bien, a bordo del “Mongolia” entre aquella sociedad de funcionarios, con los cuales alternaban algunos jóvenes ingleses que con un millón en el bolsillo iban a fundar a lo lejos establecimientos de comercio. El “purser”, hombre de confianza de la Compañía, igual al capitán a bordo, lo hacía todo con suntuosidad, en el “lunch” de las dos, en la comida de las cinco y media, en la cena de las ocho, las mesas crujían bajo el peso de la carne fresca y de los entremeses que suministraba la carnicería y la repostería del vapor. Las pasajeras, de las cuales había algunas, mudaban de traje dos veces al día. Había músico y hasta baile cuando el mar lo permitía”.

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La vuelta al mundo en ochenta días
Julio Verne
Editores S.A.

El libro puede encontrarse en la biblioteca Bartolomé Mitre, Larraya 4370, Villa Lugano

 

 

La ilustración es de Sandra, de la biblioteca El Pastorcito, Villa Fátima, Villa Soldati.

Odisea

Viernes, Junio 27, 2008

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La ilustración es de Karina
Biblioteca abierta
Biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano

Odisea

Viernes, Junio 6, 2008

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Biblioteca abierta
La ilustración es de Ale, Maru, Natalia, Flori y Milenka
Biblioteca Bartolomé Mitre, Larraya 4370, Villa Lugano
31 de mayo de 2008

 

Biblioteca abierta en Saavedra

Lunes, Abril 28, 2008

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Domingo 27 de abril
Avenida Balbín y Manzanares

 

Encuentro de las bibliotecas comunitarias en el Club Ciudad

Miércoles, Noviembre 28, 2007

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El sábado 24 de noviembre, a partir de las 11hs. se desarrolló, en el Club Ciudad de Buenos Aires, un encuentro de las bibliotecas comunitarias que conforman la red del Programa Bibliotecas para armar del Ministerio de Cultura del GCBA. Allí se realizaron distintas actividades para chicos y para adultos ligadas a la lectura.
En el inmenso parque y junto al lago, los chicos participaron de Biblioteca abierta, un ciclo que lleva adelante el Programa en distintos espacios públicos de la ciudad durante todo el año. La temática, en esta oportunidad, tuvo que ver con leer y escribir distintos finales para un relato cualquiera. También, como la letra capital que cierra los cuentos infantiles desde hace muchísimo tiempo, escribir plásticamente la palabra: “fin”. Se expusieron todos los trabajos en una amplia galería de árboles como una muestra singular.
En el salón de actos del club se centró la actividad para adultos: allí se proyectó una memoria a modo de balance de los casi cuatro años del Programa Bibliotecas para armar y se entregaron los certificados de cuatro de los seminarios y cursos de capacitación que se desarrollaron a lo largo del año y que formaron a casi 250 personas: “Curso de capacitación para auxiliares de bibliotecas”; “Encuentros con la literatura infantil y juvenil en la Argentina”; “Mitos y monstruos de la literatura al cine” y “Literatura y territorio”. Y, a propósito de esta última temática, central en el segundo semestre del año para la red de bibliotecas comunitarias, se presentó a modo de anticipo y en vivo, parte del material que conformará el cd de literatura para escuchar: “El lugar que yo me sé”.
Al encuentro concurrieron unas 500 personas. El sol  también se dio cita entre libros, lectores y bibliotecas a cielo abierto.