Archivo Categoría 'La vida breve (Ficción sobre la lectura)'

El diario de Félix Lane

Jueves, Octubre 2, 2008

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Mrs. Teague acaba de entrar. “¿Escribiendo su libro?”, dijo, “Sí”. “Bueno, suerte que tiene algo para distraerse”. “Sí, Mrs. Teague, es una suerte” dije suavemente. Ella también quería a Martie a su manera. Hace rato que no lee los originales de mi escritorio; yo tenía la precaución de dejar notas abandonadas relativas a mi apócrifa biografía de Wordsworth; eso la despistó. “Me gusta la buena lectura, entienda” me dijo una vez, “pero nada de esas cosas para intelectuales. Mi marido leía mucho: Shakespeare, Dante, Marie Corelli los había leído todos. Trató de que yo también lo hiciera; dijo que era para mejorar mi intelecto”. “Deja en paz a mi intelecto”, le dije; con un tragalibros en la casa es bastante. Dante no te hará la comida.” Sin embargo, siempre he guardado los originales de mi novelas policiales bajo llave, y así guardo este diario. De todos modos, si algún extraño llegara a encontrarlo podría creer que es otra de las novelas de Félix Lane.

Nicholas Blake, La bestia debe morir, Buenos Aires, Emecé, 2001.
Esta novela fue la primera de la serie vastísima que abarcó la célebre colección de literatura policial “El séptimo círculo”, dirigida en sus albores y madurez por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.

Este libro puede encontrarse en la Biblioteca del Parador de Hombres Adultos de Retiro.

Ilustración colectiva, biblioteca La Voluntad del Cielo, Mataderos.

Evocaciones

Jueves, Septiembre 18, 2008

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“He estado recorriendo el comienzo de este libro y no me parece que merezca tanta alharaca. Es un libro de burlas.
Menea la cabeza el escribano:
-¿Adónde iremos a parar con las sandeces que agora se escriben. Déme su merced algo como los libros que leíamos de muchachos y nos deleitaban. “Las Sergas del Esplandián”…
-“Lisuarte de Grecia”…
-Palmerín de Oliva”…
Los jugadores han quedado en silencio pues la evocación repentina les ha devuelto a su juventud y a las novelas que les hacían soñar en la España remota (…) los guerreros fantásticos se aparecían con una dama en la grupa del caballo, pronunciando maravillosos discursos en el estruendo de las armas de oro.”

Fragmento del cuento “El Libro”
Misteriosa Buenos Aires
Manuel Mujica Láinez
Sudamericana

El libro puede encontrarse en:

Biblioteca Estación Cohglan, Estomaba y P.I. Rivera, Coghlan.
Biblioteca Mariano Moreno, Tronador y Bauness, Paternal.

La ilustración es de Camila, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.

Los libros olvidados

Jueves, Septiembre 4, 2008

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“…mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver  abandonado  de un palacio o un museo de ecos y sombras.
-Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y caballera plateada nos abrió la puerta. Su mirada aguileña se posó en mi, impenetrable.
-Buenos días Isaac. Este es mi hijo Daniel-anunció mi padre. Pronto cumplirá once años, y algún día se hará cargo de la tienda. Ya tiene edad de conocer este lugar.
El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto. Él me miró, guiñándome el ojo.
-Daniel, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados.”

La sombra del viento
Carlos Ruiz Zafón
Editorial Planeta

La ilustración es de José, de la biblioteca Emanuel, Villa 21, Barracas.

Palabras persuasivas

Viernes, Agosto 15, 2008

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“Moja la pluma. Los dedos índice y medio extendidos a lo largo del eje para dar fluidez al escribir, la espalda erguida, los pies apoyados formando un ángulo. Quiere empezar por el principio y advierte que no sabe cuál es. Elegirá uno cualquiera y mas adelante pondrá todo en el orden debido. Vacila entonces sobre cuál es el mejor, si el asalto de los bandidos en Trevisonda o lo que el veneciano le ha contado de la tierra maldita de Isfahan, que enferma a quien la pisa con el veneno de la discordia. Agoniza de pronto ante la idea súbita de que el libro ya esté escrito, y la espanta como a un mal pájaro. El problema es otro. ¿Con qué ha de encender la curiosidad del lector? ¿Con qué palabras va a sorprenderlo, que sean a la vez persuasivas y poderosas como para atraparlo en la primera línea y retenerlo hasta el final sumergido en un encantamiento del que él mismo no quiera liberarse? Aspira hondo y escribe: Existen dos Armenias: una grande y otra pequeña.”

el turno del escriba.jpgEl turno del escriba
Graciela Montes, Ema Wolf
Alfaguara
2005

El libro puede encontrarse en la biblioteca Casa Puerto, Curapaligüe 571, Flores
 

La ilustración es de Magalí, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.

Un buen comienzo

Martes, Agosto 5, 2008

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“Luego de comer los sabrosos camarones, el viejo limpió prolijamente su placa dental y la guardó envuelta en el pañuelo. Acto seguido, despejó la mesa arrojó los restos de comida por la ventana, abrió una botella de Frontera y se decidió por una de la novelas.
Lo rodeaba la lluvia por todas partes y el día le entregaba una intimidad inigualable.
La novela empezaba bien.
“Paul la besó ardorosamente en tanto el gondolero, cómplice de las aventuras de su amigo, simulaba mirar en otra dirección, y la góndola, provista de mullidos cojines, se deslizaba apaciblemente por los canales venecianos.”
Leyó el pasaje varias veces, en voz alta.
¿Qué demonio serían las góndolas?
Se deslizaban por los canales. Debía tratarse de botes o canoas, y, en cuanto a Paul, quedaba claro que no se trataba de un tipo decente, ya que besaba “ardorosamente” a la niña en presencia de un amigo, y cómplice por añadidura.
Le gustó el comienzo.
Le pareció muy acertado que el autor definiera a los malos con claridad desde el principio. De esa manera se evitaban complicaciones y simpatías inmerecidas.
Y en cuanto a besar, ¿cómo decía? “ardorosamente.” ¿Cómo diablo se haría eso?
Recordó haber besado muy pocas veces a Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo. A lo mejor en una de esas contadas ocasiones lo hizo así, ardorosamente, como el Paul de la novela pero sin saberlo. En todo caso, fueron muy pocos besos, porque la mujer respondía con ataques de risa, o señalaba que podía ser pecado.
Besar ardorosamente. Besar. Recién descubrió que lo había hecho muy pocas veces, y nada más que con su mujer…”

Sepúlveda.jpgUn viejo que leía novelas de amor
Luis Sepúlveda
Penguin Books

El libro puede encontarse en la biblioteca La Casita, Dorrego 1048, Chacarita.

La ilustración es de Flor, de la biblioteca La Voluntad del Cielo, Mataderos.

Metáforas

Miércoles, Julio 23, 2008

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“- Lo que tengo que decirle es muy grave para hablar sentada.
-¿De qué se trata señora?
-Desde hace algunos meses merodea mi hostería ese tal Mario Jiménez. Ese señor se ha insolentado con mi hija de apenas dieciséis años.
-¿Qué le ha dicho?
La viuda escupió entre los dientes
-Metáforas
El poeta tragó saliva.
-¿Y?
-¡Qué con las metáforas, pues, don Pablo, tiene a mi hija más caliente que una termita!
-Es invierno, doña Rosa.
-Mi pobre Beatriz se está consumiendo entera por ese cartero. Un hombre cuyo único capital son los hongos entre los dedos de sus pies trajinados. Pero si sus pies bullen de microbios, su boca tiene la frescura de una lechuga y es enredosa como un alga. Y lo más grave, don Pablo, es que las metáforas para seducir a mi niñita  las ha copiado descaradamente de sus libros.
-¡No!
-¡Sí! Comenzó inocentemente hablando de una sonrisa que era una mariposa. ¡Pero después ya le dijo que su pecho era un fuego de dos llamas!
-¿Y la imagen empleada, usted cree que fue visual o táctil?
-Táctil-repuso la viuda-Ahora le prohibí salir de casa hasta que el señor Jiménez escampe. Usted encontrará cruel que la aísle de esta manera, pero fíjese que le pillé chanchito este poema en medio del sostén.
-¿Chamuscado en medio del sostén?
La mujer desentrañó una indudable hoja de papel matemáticas marca “Torre” de su propio regazo, y la anunció cual carta judicial subrayando el vocablo desnuda con sagacidad detectivesca:
 
Desnuda eres tan simple como una de tus manos
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente
tienes líneas de luna, caminos de manzana,
desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como una noche en Cuba
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.

Estrujando el texto con repulsa, lo sepultó de vuelta en el delantal, y concluyó:
-¡Es decir, señor Neruda, que el cartero ha visto a mi hija en pelotas! (…)
-Yo diría, señora Rosa, que del poema no se concluye necesariamente el hecho.
La viuda escrutó al poeta con un desprecio infinito:
-Diecisiete años que la conozco, mas nueve meses que la llevé en el vientre. El poema no miente, don Pablo: exactamente así, como dice el poema, es mi niñita cuando está desnuda.
-Dios mío-rogó el poeta sin que le salieran las palabras
-Yo le imploro a usted-expuso la mujer-en quien se inspira y confía, que le ordene a ese tal Mario Jiménez, cartero y plagiario, que se abstenga desde hoy y para toda la vida de ver a mi hija. Y dígale que si así no lo hiciese, yo misma personalmente, me encargaré de arrancarle los ojos como al otro carterito ese, el fresco de Miguel Strogoff.”

Antonio Skarmeta.jpgArdiente paciencia
Antonio Skármeta
Sudamericana, Buenos Aires

El libro puede encontrarse en la Juegoteca de Caballito, Donato Álvarez 130.
 

 

La ilustración es de Santiago, de la biblioteca Haroldo Conti, San Telmo

El juguete rabioso

Viernes, Julio 11, 2008

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“Dicha literatura que yo devoraba en las entregas numerosas era la historia de José María, el Rayo de Andalucía , o las aventuras de Don Jaime el Barbudo y los perillanes más o menos auténticos y pintorescos en los cromos que los representaban de esta forma.
Caballeros en potros estupendamente enjaezados, con renegridas chuletas en el sonrosado rostro, cubierta la colilla torera por un cordobés de siete reflejos y trabuco naranjero en el arzón. Por lo general ofrecían con magnánimo gesto una bolsa amarilla de dinero a la viuda  con un infante en los brazos, detenida al pie de un altozano verde.
Entonces yo soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos, enderezaría entuertos, protegería a la viudas y me amarían singulares doncellas…”

El juguete rabioso
Roberto Arlt
Editorial Losada, Buenos Aires

Este libro puede encontrarse en la biblioteca El Pastorcito, Manzana 5 Calle 53, Villa Fátima, Villa Soldati

La ilustración es de Rocío, de la biblioteca Padre Daniel de la Sierra, Villa 21, Barracas

El poeta perdido

Martes, Julio 8, 2008

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Por Salomon Rubin

Esto lo había experimentado otras veces, pero en esta ocasión, con una intensidad que nunca antes le había ocurrido.
En su alma de poeta rememoraba, vaya a saber porqué, unos poemas de amor que desde hace mucho tiempo no retumbaban en su corazón. Recordaba difusamente el rollo, no muy largo.
Sentía que tenía que encontrar esas poesías y revivirlo.
En su interior sabía bien porqué. El recuerdo de una fascinante doncella, su primera pasión, amada con una intensidad correspondida, se había apoderado de él.
Cada noche y cada día que había pasado con ella, reaparecían en su memoria indeleblemente. Pero los caprichos de la vida habían jugado de forma traviesa en su evocación y no podía recuperar los versos que su amada le había contado y cantado.
Un velo rumoroso le impedía rescatarlos.
Así que cruzó las calles de Alejandría rumbo a su famosa biblioteca. Mucho había que agradecerle al rey Ptolomeo, pensó, por esa maravillosa obra.
Se cruzó con la habitual multitud, sorprendente en su diversidad, en la que extranjeros y nativos convivían desde la  creación de la ciudad. Primero soldados macedonios y luego romanos armonizaban con egipcios, griegos y persas, marineros y mercaderes con sus caravanas provenientes de la India y Arabia.
Alejandro, El Magno, había dejado su impronta, y fiel a sus políticas todas las creencias y conocimientos eran respetados. La ciudad de Alejandría bien podría haberse llamado Universitas.
Cosmos caminaba y su túnica flotaba levemente con la suave brisa mediterránea.
Alto, esbelto, largos cabellos plateados cubrían su cabeza. Ensimismado, pensaba en sus amigos de la biblioteca, esa comunidad de humanidades eruditas, y sentía un inmenso orgullo por esas inteligencias admiradas en todo el mundo, y en las largas tertulias compartidas allí. Frente a tales virtudes, sentía que él solo podía ofrecer su sensibilidad sublimada.
Sus pensamientos volvieron a atraparlo. Encontraría esas rimas, se decía imperiosamente. Recuperaré esas odas que mi cuerpo y mi alma necesitan.
Al llegar al lugar no pudo evitar una exclamación silenciosa- siempre le pasaba- al ver semejante edificio, ”su  templo”. Convergían en él amplias avenidas adornadas con fuentes y jardines. Los edificios y las esculturas rivalizaban en belleza y buen gusto. A lo lejos se divisaba el Faro, que conducía a puerto seguro las embarcaciones.
Y frente a tanta belleza, el azul del Mediterráneo.
El conjunto de biblioteca y museo iluminados por el sol del mediodía  irradiaba un halo especial.
Y en su interior:¡reposaban setecientos mil rollos!
Todos los días de su vida agradecería a los dioses por semejante regalo.
Emocionado, entró al inmenso hall. Recorrió la majestuosa galería hasta llegar a la sala principal, coronada por una cúpula multicolor.
Al fondo, el largo pupitre con los bibliotecarios semejaba un altar.
Los saludó con una amplia sonrisa y una leve inclinación de su cabeza. Calímaco (1) -el supremo bibliotecario y sus ayudantes respondieron con la misma cordialidad. Ellos orientaban a los cientos de ávidos lectores a encontrarse con los papiros buscados.
Dirigiéndose al anciano sabio, poeta como él, lo puso al tanto de su inquietud. Este lo escuchó en silencio. Se preguntaba qué era lo que transformaba a Cosmos en un tímido  adolescente.
-Ven-le dijo. Buscaremos juntos. Rogaba que Zenódoto de Éfeso (2), su antecesor, cuya especialidad era la clasificación de poesía hubiera hecho un buen trabajo con esos viejos rollos.
Recorrieron la inmensa sala de lectura, rodeada por diez estancias de estudio, y se dirigieron  a una de ellas, la de poesías, tantas veces  visitada por él y por Cosmos. Tiene que estar entre aquellos estantes-le dijo- Cientos de rollos polvorientos los aguardaban.
Una larga hora hurgaron entre ellos, sin resultados. Ya decepcionado, iba a abandonar, cuando un pequeño rollo llamó su atención. ¡Tenía que ser!-se dijo-Lo presentía. (Que asiduo lector no ha pasado por eso…)
Lo tomó en sus manos y se dirigió a un pupitre alumbrado por una lámpara bellísima cuyo origen griego era evidente. Abrió el manuscrito con delicadeza desenrollándolo desde su extremo derecho y hacia su izquierda. Una ancha sonrisa iluminó su rostro. Volvieron a la memoria su juventud, su primer amor, sus primeros poesías. Fascinado y ávido de curiosidad se puso a leer los estremecedores poemas. Lágrimas surcaban su rostro irradiando un extraño magnetismo. No sabía por qué estaba así.
¿Sería por su juventud perdida? ¿O por la nostalgia del recuerdo de su amor?
Calímaco y los ayudantes, que se habían acercado, observaban la escena. Con un gesto los hizo retirar discretamente.
Un par de horas después, ante su silencio, se acercaron a la sala deseosos de saber los comentarios de Cosmos. Lo hallaron mirando fijamente las inolvidables rimas que, décadas atrás, habían despertado en el su alma de poeta. Ensimismado no los vio ni los oyó.
El gran Calímaco, con una suave sonrisa, en silencio, los hizo retirar. Cuando ya se encontraban en el gran recinto les dijo: -Cosmos, el hombre, se reencontró con sus recuerdos, pero Cosmos, el poeta, por el momento, está perdido.
Notas

(1) El poeta Calímaco ((310-240 a.C.) recibió de Ptolomeo II el encargo de ordenar la biblioteca de Alejandría, cargo que ejerció hasta su muerte. De tal envergadura es su tarea que es considerado el padre de los bibliotecarios (o por lo menos de los catalogadores). La clasificación y ordenación de los autores ha sido de gran valor para los posteriores estudios bibliográficos y literarios realizados sobre el período clásico.

(2) Zenódoto (Ζηνόδοτος), gramático griego, crítico literario y estudioso de Homero; primer bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría; alumno de Filetas de Cos; natural de Éfeso. Vivió durante los reinados de los primeros dos Ptolomeos, y alcanzó la cima de su reputación hacia 280 a.C. Fue el primer director de la Biblioteca de Alejandría y el primer editor crítico (διορθώτης diorthōtes) de Homero. Sus compañeros de tarea fueron Alejandro de Etolia y Licofrón de Calcis, a quienes estaban encomendados los escritores trágicos y cómicos, respectivamente, quedando para el propio Zenódoto, Homero y los poetas épicos.
Aunque se le ha reprochado su arbitrariedad y un conocimiento insuficiente del griego, su trabajo constituyó una sólida base para la crítica futura. Tras cotejar los diferentes manuscritos de la biblioteca, desechó o marcó los versos dudosos, traspuso o alteró líneas e introdujo nuevas lecturas. Es probable que fuera responsable de la división de los poemas homéricos en veinticuatro libros cada uno (utilizando mayúsculas para la Iliada y minúsculas para la Odisea), y posiblemente fuera el autor del cálculo de los días de la Iliada en la Tabula Iliaca. Los eruditos encargados de la biblioteca eran los hombres más capaces de la Alejandría de la época.

Textos del Diccionario Herder de Filosofía

La ilustración es de Gastón, de la biblioteca A libro abierto, Villa 31, Retiro

El lector

Viernes, Junio 20, 2008

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Con la Odisea empezó todo. La leí después de separarme de Gertrud. Pasaba muchas noches sin dormir más que unas pocas horas y dando vueltas en la cama. Cuando encendía la luz y le echaba mano a un libro se me cerraban los ojos, y cuando dejaba el libro y apagaba la luz, se me abrían otra vez de par en par. Así que decidí leer en voz alta. De ese modo no se me cerraban los ojos. Pero en mis confusas divagaciones de duermevela, llenas de recuerdos y sueños y de atormentadores círculos viciosos, que giraban en torno a mi matrimonio, mi hija y mi vida, se imponía una y otra vez la figura de Hanna. Así que decidí leer para Hanna. Y empecé a grabarle cintas.
Pasaron varios meses hasta que le mandé las cintas. Al principio no quería enviarle nada fragmentario, y esperé hasta haber grabado toda la Odisea. Pero luego empecé a dudar de que la Odisea pudiera interesarle tanto a Hanna, y grabé lo que leí después de la Odisea, varios cuentos de Schnitzler y Chéjov. Luego estuve un tiempo aplazando el momento de llamar al juzgado en el que habían condenado a Hanna para preguntar dónde cumplía la pena. Al final reuní todo lo necesario: la dirección de Hanna, que estaba en una cárcel cercana a la ciudad en la que le habían juzgado y condenado, un aparato de casete, y las cintas, numeradas, de Chéjov a Homero, pasando por Schnitzler. Y por fin acabé enviándole el paquete con el aparato y las cintas.
No hace mucho encontré la libreta en que fui apuntando a lo largo de los años lo que grababa para Hanna. Se ve claramente que los primeros doce títulos están apuntados de una sola vez; seguramente empecé a leer sin orden ni concierto hasta que me di cuenta de que si no tomaba nota no me acordaría de lo que ya había leído. Algunos de los títulos siguientes llevan fecha, y otros no, pero aun sin fechas sé que el primer envío a Hanna lo hice en el octavo año de su condena, y el último en el decimoctavo. Fue cuando le concedieron el indulto que había pedido tiempo atrás.
Seguí leyendo para Hanna todo lo que me apetecía leer. En el caso de la Odisea, al principio se me hizo difícil concentrarme tanto como lo hacía cuando leía sólo para mí. Pero con el tiempo me fui acostumbrando. El otro inconveniente de la lectura en voz alta es que requiere más tiempo. Pero, a cambio de eso, lo que leía se me quedaba más grabado en la memoria. Aún hoy me acuerdo muy claramente de bastantes cosas.

El lector
Bernhard Schlink
Buenos Aires, Anagrama, 2000

El escritor alemán, también abogado, Bernhard Schlink, comenzó escribiendo novelas policiales, protoganizadas por Selbst. El gran éxito y el definitivo reconocimiento le llegó con El lector, publicada en 1995.

La ilustración es de Evelyn, de la biblioteca La Voluntad del Cielo, Mataderos.

Como una novela

Martes, Junio 10, 2008

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Sí, como se dice, mi hijo, mi hija, los jóvenes no aman la lectura -y el verbo es exacto, se trata precisamente de una herida de amor-, no hay que incriminar ni a la televisión, ni a la modernidad, ni a la escuela. O a todo eso, si se prefiere, pero sólo después de habernos hecho la pregunta primera: ¿Qué hicimos con el lector ideal que era él en aquella época cuando nosotros gozábamos a la vez del papel de narrador y de libro?
 ¡Qué magnitud la de esta traición!
 Él, el relato y nosotros formábamos una trinidad que se reconciliaba cada noche; ahora se encuentra solo frente a un libro hostil.
 La levedad de nuestras frases lo libraba de la pesadez; el indescifrable hormigueo de las letras ahoga hasta la tentación de sueño.
 Lo iniciamos en el vuelo vertical: se estrelló por el estupor del esfuerzo.
 Lo dotamos de la ubicuidad: helo ahí preso en su cuarto, en su clase, en su libro, en una línea, en una palabra.
 ¿Dónde se encuentran todos esos personajes mágicos, esos hermanos, esas hermanas, esos reyes, esas reinas, esos héroes tan perseguidos por tantos malos que lo alivian de la preocupación de ser al llamarlo en su ayuda? ¿Será que tienen que ver con esas manchas de tinta brutalmente rotas que se denominan letras? ¿Será que esos semidioses han sido hechos pedazos hasta ese punto, reducidos a eso: tipos de imprenta? ¿Y el libro convertido en este objeto? ¡Ridícula metamorfosis! El reverso de la magia. Sus héroes y él asfixiados juntos en el mudo grosor del libro.
 Y no es la menor de las metamorfosis, en este encarnizamiento de papá y mamá en querer, como la maestra, obligarlo a liberar este sueño prisionero.
 - Entonces, ¿qué fue lo que le ocurrió al príncipe, eh? ¡No te oigo!
 Estos padres que nunca, jamás, cuando le leían un libro se preocupaban por saber si había entendido que la Bella dormía en el bosque porque se había pinchado con la rueca, y Blanca Nieves porque había mordido la manzana. (Las primeras veces, por lo demás, él no había comprendido de verdad. ¡Había tantas maravillas en esos cuentos, tal cantidad de lindas palabras, tanta emoción! Dedicaba toda su aplicación a esperar su pasaje preferido, que recitaba para sí cuando llegaba el momento; después venían los otros, más oscuros, en donde se anudaban los misterios, pero poco a poco lo entendía todo, absolutamente todo, y sabía a la perfección que si la Bella dormía era por causa de la rueca y Blanca Nieves por motivo manzana…)
- Repito mi pregunta: ¿Qué le ocurrió al príncipe cuando su padre lo echó del casitllo?
Insistimos, insistimos. Dios mío. Ese inconcebible que este mocoso no haya comprendido el contenido de estas quince líneas. ¡No es cosa del otro mundo, quince líneas!
Éramos sus cuenteros, nos convertimos en sus contabilistas.
- Pues si es así, ¡nada de televisión hoy!
¡Eh! Sí…
Sí… La televisión elevada a la dignidad de recompensa… y como corolario, la
lectura rebajada al rango de inocordio… Y es nuestro, este hallazgo…

Daniel Pennac
Como una novela
Grupo Editorial Norma
Colombia, 1997

Daniel Pennac, escritor francés nacido en 1944 en Casablanca, inició su actividad literaria en el terreno de la literatura infantil. Es autor también de novelas para adultos y ensayos, obras entre las que destaca Como una novela.

La ilustración es de Nicolás, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.