Archivo Julio 8, 2008

El poeta perdido

Martes, Julio 8, 2008

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Por Salomon Rubin

Esto lo había experimentado otras veces, pero en esta ocasión, con una intensidad que nunca antes le había ocurrido.
En su alma de poeta rememoraba, vaya a saber porqué, unos poemas de amor que desde hace mucho tiempo no retumbaban en su corazón. Recordaba difusamente el rollo, no muy largo.
Sentía que tenía que encontrar esas poesías y revivirlo.
En su interior sabía bien porqué. El recuerdo de una fascinante doncella, su primera pasión, amada con una intensidad correspondida, se había apoderado de él.
Cada noche y cada día que había pasado con ella, reaparecían en su memoria indeleblemente. Pero los caprichos de la vida habían jugado de forma traviesa en su evocación y no podía recuperar los versos que su amada le había contado y cantado.
Un velo rumoroso le impedía rescatarlos.
Así que cruzó las calles de Alejandría rumbo a su famosa biblioteca. Mucho había que agradecerle al rey Ptolomeo, pensó, por esa maravillosa obra.
Se cruzó con la habitual multitud, sorprendente en su diversidad, en la que extranjeros y nativos convivían desde la  creación de la ciudad. Primero soldados macedonios y luego romanos armonizaban con egipcios, griegos y persas, marineros y mercaderes con sus caravanas provenientes de la India y Arabia.
Alejandro, El Magno, había dejado su impronta, y fiel a sus políticas todas las creencias y conocimientos eran respetados. La ciudad de Alejandría bien podría haberse llamado Universitas.
Cosmos caminaba y su túnica flotaba levemente con la suave brisa mediterránea.
Alto, esbelto, largos cabellos plateados cubrían su cabeza. Ensimismado, pensaba en sus amigos de la biblioteca, esa comunidad de humanidades eruditas, y sentía un inmenso orgullo por esas inteligencias admiradas en todo el mundo, y en las largas tertulias compartidas allí. Frente a tales virtudes, sentía que él solo podía ofrecer su sensibilidad sublimada.
Sus pensamientos volvieron a atraparlo. Encontraría esas rimas, se decía imperiosamente. Recuperaré esas odas que mi cuerpo y mi alma necesitan.
Al llegar al lugar no pudo evitar una exclamación silenciosa- siempre le pasaba- al ver semejante edificio, ”su  templo”. Convergían en él amplias avenidas adornadas con fuentes y jardines. Los edificios y las esculturas rivalizaban en belleza y buen gusto. A lo lejos se divisaba el Faro, que conducía a puerto seguro las embarcaciones.
Y frente a tanta belleza, el azul del Mediterráneo.
El conjunto de biblioteca y museo iluminados por el sol del mediodía  irradiaba un halo especial.
Y en su interior:¡reposaban setecientos mil rollos!
Todos los días de su vida agradecería a los dioses por semejante regalo.
Emocionado, entró al inmenso hall. Recorrió la majestuosa galería hasta llegar a la sala principal, coronada por una cúpula multicolor.
Al fondo, el largo pupitre con los bibliotecarios semejaba un altar.
Los saludó con una amplia sonrisa y una leve inclinación de su cabeza. Calímaco (1) -el supremo bibliotecario y sus ayudantes respondieron con la misma cordialidad. Ellos orientaban a los cientos de ávidos lectores a encontrarse con los papiros buscados.
Dirigiéndose al anciano sabio, poeta como él, lo puso al tanto de su inquietud. Este lo escuchó en silencio. Se preguntaba qué era lo que transformaba a Cosmos en un tímido  adolescente.
-Ven-le dijo. Buscaremos juntos. Rogaba que Zenódoto de Éfeso (2), su antecesor, cuya especialidad era la clasificación de poesía hubiera hecho un buen trabajo con esos viejos rollos.
Recorrieron la inmensa sala de lectura, rodeada por diez estancias de estudio, y se dirigieron  a una de ellas, la de poesías, tantas veces  visitada por él y por Cosmos. Tiene que estar entre aquellos estantes-le dijo- Cientos de rollos polvorientos los aguardaban.
Una larga hora hurgaron entre ellos, sin resultados. Ya decepcionado, iba a abandonar, cuando un pequeño rollo llamó su atención. ¡Tenía que ser!-se dijo-Lo presentía. (Que asiduo lector no ha pasado por eso…)
Lo tomó en sus manos y se dirigió a un pupitre alumbrado por una lámpara bellísima cuyo origen griego era evidente. Abrió el manuscrito con delicadeza desenrollándolo desde su extremo derecho y hacia su izquierda. Una ancha sonrisa iluminó su rostro. Volvieron a la memoria su juventud, su primer amor, sus primeros poesías. Fascinado y ávido de curiosidad se puso a leer los estremecedores poemas. Lágrimas surcaban su rostro irradiando un extraño magnetismo. No sabía por qué estaba así.
¿Sería por su juventud perdida? ¿O por la nostalgia del recuerdo de su amor?
Calímaco y los ayudantes, que se habían acercado, observaban la escena. Con un gesto los hizo retirar discretamente.
Un par de horas después, ante su silencio, se acercaron a la sala deseosos de saber los comentarios de Cosmos. Lo hallaron mirando fijamente las inolvidables rimas que, décadas atrás, habían despertado en el su alma de poeta. Ensimismado no los vio ni los oyó.
El gran Calímaco, con una suave sonrisa, en silencio, los hizo retirar. Cuando ya se encontraban en el gran recinto les dijo: -Cosmos, el hombre, se reencontró con sus recuerdos, pero Cosmos, el poeta, por el momento, está perdido.
Notas

(1) El poeta Calímaco ((310-240 a.C.) recibió de Ptolomeo II el encargo de ordenar la biblioteca de Alejandría, cargo que ejerció hasta su muerte. De tal envergadura es su tarea que es considerado el padre de los bibliotecarios (o por lo menos de los catalogadores). La clasificación y ordenación de los autores ha sido de gran valor para los posteriores estudios bibliográficos y literarios realizados sobre el período clásico.

(2) Zenódoto (Ζηνόδοτος), gramático griego, crítico literario y estudioso de Homero; primer bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría; alumno de Filetas de Cos; natural de Éfeso. Vivió durante los reinados de los primeros dos Ptolomeos, y alcanzó la cima de su reputación hacia 280 a.C. Fue el primer director de la Biblioteca de Alejandría y el primer editor crítico (διορθώτης diorthōtes) de Homero. Sus compañeros de tarea fueron Alejandro de Etolia y Licofrón de Calcis, a quienes estaban encomendados los escritores trágicos y cómicos, respectivamente, quedando para el propio Zenódoto, Homero y los poetas épicos.
Aunque se le ha reprochado su arbitrariedad y un conocimiento insuficiente del griego, su trabajo constituyó una sólida base para la crítica futura. Tras cotejar los diferentes manuscritos de la biblioteca, desechó o marcó los versos dudosos, traspuso o alteró líneas e introdujo nuevas lecturas. Es probable que fuera responsable de la división de los poemas homéricos en veinticuatro libros cada uno (utilizando mayúsculas para la Iliada y minúsculas para la Odisea), y posiblemente fuera el autor del cálculo de los días de la Iliada en la Tabula Iliaca. Los eruditos encargados de la biblioteca eran los hombres más capaces de la Alejandría de la época.

Textos del Diccionario Herder de Filosofía

La ilustración es de Gastón, de la biblioteca A libro abierto, Villa 31, Retiro