Querido Calímaco:
Tal como me pediste, te pongo al tanto de mis andanzas en el Taller de Literatura y Periodismo. Recibí una consigna consistente en elaborar un cuento que tuviera como personaje al amigo invisible.
Te digo que me quedé estupefacto.
Intento ser creativo, pues, como pseudo escritor aficionado, considero que es la materia prima elemental para estos menesteres.
¿Cómo escribir sobre ese desconocido que escapa a mis percepciones sensoriales?
¿Será inmaterial, impalpable o intocable?
O ¿imaginario, etéreo o incorpóreo?
¿Inaudible ó quizás audible? Porque mudo, Mario no lo mencionó (te aclaro, Mario es mi profesor).
Esta es la razón por la cual se me presentó el primer gran cuestionamiento.
Porque yo puedo no estar viendo un suculento plato de vermichelis al pesto, pero si lo tengo cerca puedo oler sus exquisitos aromas y también, casi, casi, oírlo. ¿Puede alguien con un mínimo de sensibilidad no estremecerse ante semejante evidencia? Cualquiera de mis amigos y yo, al igual que un fino gourmet como vos, podemos disfrutar esta saludable experiencia aún a considerable distancia del objetivo.
Discúlpame la digresión. ¡Ahora que lo pienso el invisible puede y debe hacerse oír!
Y te cuento mi segundo gran cuestionamiento
Comprenderás que no podría escribir un cuento si no entiendo clara y visiblemente en que consiste el mandato.
Puedo suponer que el amigo existe, físicamente digo y que no se muestra o no sé quién es, como en el juego que tanto se usa para intercambiar regalitos en la oficina. Pero dudo, titubeo, pongo en tela de juicio que realmente no lo vea o sepa quién es en un corto lapso.
Ejemplo: -Che, ¿te gustó el pañuelito?. –Lindo, ¿no? Acompañado por una pícara sonrisa. Es obvio que la invisibilidad o el secreto se fueron a la mmm, como decirlo, al tacho de los desperdicios…
Entonces, volviendo al tema, porque como ya sabés quiero ser pertinente y referirme exclusivamente al tema de los amigos y amigas invisibles. Habrás notado mi sutileza al haber utilizado el plural.
Te explicaré por qué lo hago.
Hace un tiempo tuve un fugaz deterioro en mi economía. Pretendí solucionarlo solicitando un préstamo pecuniario a varios de mis amigos. Hubiera recurrido a vos, pero como estás tan lejos de la Agentina, no quise molestarte
¡Ahí sí conocí a mis amigos invisibles!
Por eso, si la pluma no me falla, preferiría escribir sobre una amiga invisible. Invisible a veces y otras no, pero tocable, bellísimamente corpórea y que dejaba siempre algo librado a la imaginación. ¡Maravillosa!
Aún en la oscuridad brillaba como un sol.
Sin embargo, la duda y la confusión persistían… ¿cómo resolver mis vacilaciones, entonces?
-Te cuento que, en un principio decidí visitar a mi amigo Emanuel, el filósofo, que también escribe.
Le expliqué el tema y le dije: -a mi entender, tengo que saber por qué es o se hace invisible mi amigo. Y después hago el cuento.
Rápidamente, me contestó como todos sus colegas, o sea, me dijo con palabras difíciles lo que razonablemente se puede expresar con otras más sencillas.
Parodiándote a vos, expresó lo siguiente: “¡hasta los cuervos graznan por los tejados a causa de este problema!”
Y, no contento con ello, me espetó:
-Lo que a vos te hace falta es leer a Aristóteles y sus cuatro cuestiones fundamentales- de las cuales dos van implícitas en tu demanda, que son: el porqué, que vos ya te lo preguntás; el hecho, si la cosa existe y lo que es –interrogante que ya te hiciste al abordarme-
Lo miré con la santa paciencia que a veces tengo. –Mirá Emanuel, acabala porque con esa forma de hablar no vamos a llegar a buen fin- Como me miró duro, me retiré expeditivamente agradeciéndole tanto derrame de sabiduría filosófica.
Como soy terco fui a ver a otro amigo. Se llama Deuterio, no se si te acordás, los tres comimos juntos una noche en la Costanera, acá en Baires.
Te recuerdo, es físico e investigador en el Conicet y le planteé lo mismo.
Terminante, me dijo:-existe una teoría de la invisibilidad: investigadores de Inglaterra y de los Estados Unidos piensan que saben cómo crear una capa de invisibilidad como la de Harry Potter.
Miró su agenda: -Leete la edición del 28 de mayo del 2006 de Science o buscá en Nature. Ahí te avivás de todo
Pero igual te lo resumo: Sería una capa, o escudo, que conducirían la luz y otras radiaciones electromagnéticas rodeando a tu hipotético amigo, convirtiéndolo en algo tan invisible como si estuviera guardado en un hueco del espacio.
Y después me habló del experimento Filadelfia, que yo conocía. Reconozco que Deuterio en ocasiones puede ponerse muy pesado…
-Gracias, “Einstein”, exclamé-. Me fui rápido porque, entusiasmado, ¡quería explicármelo mejor!
Pero ahora sí. Esta clarísimo. Si ellos pueden fantasear, yo también. Visiblemente o no.
Ahí fue que me dije – ¡Eureka, es la Literatura! Obvio, aunque eso lo sabía antes de empezar. Ahora estoy seguro.
Estudiar a Aristóteles y a la revista Science, o a Nature, me pareció una exageración. Prefiero leer la revista Caras y Caretas, que trae de todo. Por el momento el cuento sobre el amigo invisible, te lo debo, si es que lo escribo.
Hasta pronto.
Salomon
Hola Cali:
Las líneas que anteceden tenían que haberte llegado hace una semana. Pero me falló Fibertel, mi servidor. En el interim el cuento lo escribí. Va por adjunto.
Cordialmente,
Salomon
El amigo invisible
Fui hacia la silla que me habían indicado. Era una de las que vienen con un apoya brazos para escribir. Antes de sentarme, miré un poco el ambiente. Era un lugar que obviamente se usaba para hacer presentaciones. Predominaba un gran pizarrón móvil en una de las paredes. El salón revelaba buen gusto, confort y un cierto lujo.-
Si conseguía reemplazar mi trabajo actual por éste, lo que veía parecía un buen indicio.
Más mujeres que hombres, lejos.
Para conseguir este trabajo iba a tener que esmerarme mucho.
El examen inicial consistía en un “multiple choice”, que en criollo quiere decir cuestionario de opciones múltiples. La evaluación comenzaría con eso. Los postulantes teníamos que seleccionar una o varias de cinco opciones de una lista de cinco preguntas. (veinticinco posibilidades de meter la pata o cinco de triunfar). Yo pretendía quedarme con esas cinco. Nos dieron cuarenta minutos para contestar. Empecé bien y seguí hasta la quinta pregunta. ¡Ahí estaba el meollo!
Preocupado, el asiento empezó a parecerme muy angosto y muy duro.
Pasaban los minutos y yo ahí, dudando. En ese momento escuché una voz femenina desde atrás que en un susurro me decía, -es la tercera opción.
Miré bien la hoja y las preguntas.
Tenía razón. La tercera opción en la quinta pregunta unía las anteriores, porque a mi entender empalmaba y aclaraba todo.
La marqué. Fui a entregarla y me di cuenta que ya todos habían depositado la hoja.
Me entregaron un nuevo cuestionario, más breve.
Volví a sentarme con el nuevo papel, observando previamente mi entorno. Tres candidatas, más o menos de mi edad, estaban sentadas a mis espaldas. Y estaban enfrascadas en el tema, por lo que no pude percibir en ellas ninguna mirada cómplice.
Terminé sin problemas. Entregué y me volví a mirarlas. Una de ellas tenía que ser. Indicios cero.
A la semana me llamaron para una nueva entrevista.
Quince días después, cumplidos todos los requisitos, entré a la empresa.
Después de un par de jornadas de trabajo, ya más sereno, hablando y alternando con los compañeros, observé que del terceto del examen, dos habían entrado, y trabajaban en la misma sección.
En mi modesta pero experta opinión, las dos estaban buenas. Con los meses también pude comprobar que eran buenas personas, de trato normal y amigable.
Pero, siempre hay un pero, se me metió en la cabeza que una de ellas tenía que haber sido mi amiga invisible. Indagué suavemente. Nada. Les hable musitando, escuchando atentamente para ver si reconocía ese inolvidable murmullo. Nada. Traté de profundizar la relación, en la búsqueda de resolver el enigma. En el interim, como es obvio, nos fuimos conociendo mejor. Eran mentes abiertas de espíritu alegre y optimista.
Cuando fue mi cumpleaños, como ya había observado que era costumbre ahí, llevé unas masas para festejar con todos mis compañeros. Todos me felicitaron y las chicas me dieron un besito.
No sé porqué, uno de los besitos me gustó más que todos los otros.
Tenía, a mi sentir y entender, un contenido oculto, un mensaje, una calidez y una entrega como nunca había sentido en mi vida.
Así que después de un rato, mirándola profundamente desde la distancia, noté que algo estaba sucediendo entre ella y yo.
Un disparo de advertencia fue directamente a mi cerebro.
-Detenete, reaccioná. Fue una ilusión tuya.-
A todo esto, recuperé mi control y hablándole a mi otro yo, delicadamente le dije, bien firme: -olvidate, para mi esto fue especial. Así que ni me hables.
Debo decirlo. Mi consciente tenía razón.
Varias veces, durante el día, la miré con otros ojos y me di cuenta, con gran alegría, que ella me devolvía el mensaje con la misma expresión.
¡Nuestras miradas aumentaban en progresión geométrica!
Fue así que me dije: - no sé si ella fue mi anónima e invisible amiga y tampoco me importa. A la salida la encaro, y si de mí depende, será mi amor bien, pero bien visible. Y lo será todos los días de mi vida.
Como el sol, la luna y las estrellas.
Por Salomon Rubin
Curso de Literatura y Periodismo coordinado por Mario Méndez.
La ilustración es de Alejandra, de la biblioteca El Pastorcito, Villa Fátima, Villa Soldati