
Durante un tiempo tuve la oportunidad de realizar algunos viajes, por razones vinculadas con cierta actividad y otros por placer. En 1975, toqué entre otros destinos la fascinante ciudad de Estambul.
La privilegiada ubicación de Estambul, llamada Constantinopla hasta su caída en manos de los turcos, el estar ubicada en la margen europea del estrecho del Bósforo le permitió controlar la navegación desde el Mediterráneo (el estrecho conecta los llamados Mar de Mármara con el Mar Negro) y tiene a la vista la ribera opuesta, donde se inicia la Anatolia, parte asiática de la actual Turquía. La ciudad frente a Estambul se llama Ushkudar y mantiene la antigua cultura que, sin faltar en Estambul compite con rasgos de fuerte modernidad, tal vez por su importante valor como destino turístico.
Recordemos también que la aventura del Descubrimiento fue empujada por la imposibilidad de navegación y comercio, ya que los otomanos dominaban el mar de manera infranqueable.
Los signos de las distintas culturas que dominaron la ciudad a lo largo de los tiempos se encuentran por doquier. Los reservorios de agua subterráneos y acueductos construidos por los romanos, la torre Galata y las espléndidas esculturas y mosaicos con imágenes religiosas bizantinas, el gran bazar, el Palacio Topkapi con sus colecciones de joyas, armas, atuendos y objetos de la época de los sultanes, y el Cuerno de Oro, multitudinario sector que durante siglos recibió navíos de todas partes del mundo conocido y sus exóticas mercancías.
No me fue difícil, habiendo crecido con las lecturas de Verne, Salgari, al ver desde la altura del camino que va del aeropuerto, en la ondulante Estambul, imaginar a ese Cuerno de Oro con los miles de velas arriadas o desplegadas blanqueando al sol de esa tarde mientras ráfagas de cargadores se atropellaban lustrosos de sudor, acarreando bultos multicolores. Juro que lo ví. Quien supo que iría por cinco días a esa ciudad maravillosa se preocupó por decirme que no lo hiciera sin contratar un guía o una empresa de turismo receptiva, por el riesgo inherente al lugar, el idioma, los crecientes avances de nacionalismo intolerante y el desprecio islámico por el “infiel”. Sin embargo deseché los consejos y me hospedé donde yo quería: un hotel antiguo, limpio, donde se alojan turistas turcos (los de origen internacional lo hacían en el Sheraton, el Intercontinental o el Hilton, a unas quince o veinte cuadras de mi ubicación, pero siempre linderos al magnetismo del estrecho). Mi cuarto tenía un balcón al Bósforo que era mi sueño y también me lo quitó, porque pasé horas en las noches viendo las luces de la ciudad, de las naves que lo surcaban o estaban ancladas en espera de lugar en los muelles y las luces de Ushkudar a la distancia. Mi alojamiento daba por su frente con la gran plaza Taksim que divide la parte antigua y tradicional de Estambul, sin contaminación occidental, de la zona en que están radicados esos grandes hoteles, en camino a las rutilantes atracciones del período otomano.
De modo que con mi jean y zapatillas anduve por todos lados: los lugares históricos donde me pegaba a las visitas guiadas en inglés o italiano que me permitieron sumar lo que había leído antes de viajar y sentirme alborozado por conocer y reconocer.
Pude cruzar a Ushkudar en un ferry de circulación constante, donde viajan de ida y vuelta quienes vienen a Estambul para trabajar cada día. Al volver no pude resistir la tentación y pedí desde el muelle con una interjección cualquiera, como vi hacerlo a los demás, un filete de pescado al botero que flotaba más abajo. El manjar era frito en una sartén ennegrecida, con aceite crepitante seguramente en uso desde Bizancio. También crucé caminando sobre el monumental puente Kemal Ataturk que une ambas orillas, después de haber pedido permiso a la policía de la base, no sé qué habrán entendido pero lo permitieron, y en la mitad tuve la vista más impresionante a cien metros de altura y pude apreciar toda la topografía de la ciudad, casi montañosa aunque de elevación muy moderada. Creo no equivocarme si digo que las cimas no parecían tener más de doscientos a trescientos metros sobre el nivel del mar. Desde allí, con toda emoción eché mis aguas para que se hermanaran con las de la fuerte corriente de abajo, como si arrojara monedas en la Fontana di Trevi, asegurando así mi regreso al lugar. P
or supuesto, entré más de una vez a las magníficas mezquitas, algunas convertidas en sitio histórico como la famosa Blue Masque, la Mezquita Azul, la única con siete agujas y sus minaretes que había sido en tiempos de Bizancio lugar del culto cristiano y, como en tantas otros lugares y momentos, reconvertida al culto musulmán. Los vitraux del cristianismo y las alfombras y tapices otomanos compiten en belleza y esplendor. Estuve en varias, incluso las dedicadas al culto activo, no al turismo, una de las cuales pude conocer por haber tenido un simpático encuentro en un tranvía con un grupo de estudiantes venidos de Ankara, la capital de Turquía situada en el corazón de Anatolia. Ellos me invitaron a acompañarlos a una mezquita donde iban a orar (se me permitió entrar por cortesía y por haber explicado esos chicos que yo era un turista bienintencionado y respetuoso), en todas ellas, digo, es menester dejar el calzado en algún lugar de la entrada, fuera de la mezquita. Jamás es tocado, cambiado de lugar o faltante. El ulular del almuecín llamando a orar cinco veces por día, desde el amanecer, siempre resulta sorprendente y estremecedor.
Una noche primaveral fui a caminar costeando el Bósforo y llegué hasta el Hilton, y después de mirar en la boîte la impresionante concurrencia de elegancia y opulencia indescriptibles, bajé con mi informal indumentaria a la sala de juego, donde sólo se puede acceder portando pasaporte extranjero. Y volví caminando a las dos de la madrugada a mi hotel Kennedy, sin inconveniente alguno. Mi primo y compañero de viaje no había querido acompañarme por ser aprensivo, al llegar tomé un teléfono interno, llamé a la habitación y torciendo la voz en una jerigonza extravagante, que yo pretendí fuera de un turco intentando hablar español, le farfullé: hay problemas con su familiar, baje ya. En menos de treinta segundos apareció en la planta baja por saltar de a cuatro los escalones de los dos pisos. Llegó en calzoncillos y desesperadamente pálido.
Una tarde comenzamos a alejarnos de la avenida principal, esa que siendo paralela al estrecho lleva al sector histórico turístico, circuito poblado y debidamente vigilado para asegurar protección. Fuimos subiendo por una angosta calle tortuosa, en realidad todas las calles en subida son sinuosas, con empedrado desparejo y veredas muy estrechas, y de a poco el entorno iba mostrando viviendas más antiguas y descuidadas, tanto como los montículos de desperdicios que se iban haciendo más notorios en el camino. Mi primo Miguel no quería seguir adelante pero no tuvo más remedio porque yo me negué a volver y él no quiso hacerlo solo. A mí me atraía una especie de griterío que, doscientos metros más arriba, vimos que provenía de una especie de claro o plazoleta en la que una turba se apretaba al pie de una serie de ventanas en las que había, en cada una, una mujer en ropa interior o sin ella, sentada, simulando leer o pintándose las uñas. Al pie un cartel con el precio: 30, 40, 60 liras turcas (en ese momento 3, 4 ó 6 dólares). En el fondo de cada cuarto una cama con una cortina que podía ser corrida a favor de un riel. La colección era variopinta: blancas, negras, amarillas, rubias y pelirrojas. El griterío era para azuzarse unos a otros, crecía cuando alguno se desprendía del tumulto e ingresaba a la casona, y llegaba al paroxismo cuando el infeliz, luego de haberse arrojado vestido en el camastro sobre su elegida y corrido la cortina el orangután que hacía de administrador de la escena, era retirado del lugar por el mismo simio pasados los cinco minutos a que tenía derecho por su pago, siendo arrastrado fuera de la yacija por los tobillos, con los lienzos bajos. Ahora que recuerdo y lo relato, pienso que fue extremadamente temerario y torpe haber llegado hasta ese lugar. Tal vez lo único a nuestro favor fue quedarnos algo alejados del grupo, llegar de atrás mientras todos, enloquecidos, miraban fijamente hacia lo que sucedía en los cuartos y el irnos antes de que la atención se pusiera sobre nosotros. Estambul maravillosa…
Por Ruben Hojman
Este texto fue producido en el marco del curso de Literatura y periodismo organizado por Bibliotecas para armar.
La ilustración es de Anabel, de la biblioteca Emanuel, Villa 21, Barracas.