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Sugerencias para una lectura desde la problemática de la autoridad
por Fabiana Bertín


"... gente que quiere ser, que está por ser, todos utilizan su tiempo para otra cosa". Con este relato de una voz en off se inicia el film. Mientras tanto un sin fin de transeúntes son sorprendidos por una cámara de video he interrogados acerca de lo que quieren, lo que esperan, lo que hacen. Y esa voz continua diciendo: "Lo que hacemos cada día es lo que somos".
"Yo trabajo de remisero, pero soy sociólogo". Este ejemplo, aunque bastante trillado, es útil a la hora de cernir la enorme disyunción existente en el campo laboral entre lo que se "hace" y lo que se "es". En la Argentina, desde hace más de un cuarto de siglo, nos encontramos con la dificultad de articular el sistema educativo con el mundo productivo. El devenir o el transcurrir del tiempo se transforma de la mano de este irreparable desencuentro, en un lugar inhóspito.
"... todos utilizan su tiempo para otra cosa", otra cosa que pone de manifiesto el tiempo de las necesidades mas básicas (alimentarse, un lugar donde dormir, vestimenta) y de la subsistencia del día a día.
¿Soy lo que hago? ¿Hago lo que soy?
¿Cómo hacer para interrogar un campo tan complejo como el de la subjetividad y sus enlaces con el espacio laboral y educativo, sin caer en los facilismos del mercado de "ser empresario de uno mismo", en el facilismo intelectual de "capacítate y el mundo será tuyo" o en el facilismo psicológico de "no te resistas a tu deseo"?
Los personajes del film muestran claramente esta separación. Toro, apasionado por la actuación se desempeña como limpiador de alfombras. Ailí, la joven amante de la pintura trabaja como cadete. Equis, mientras corta cebollas, imagina para sí un lugar mejor en el mundo. Y detrás del ojo de la cámara, Morón se interroga casi a diario, sobre cómo conocer a la gente con tres preguntas, sin que esto funcione como un trabajo o le retribuya económicamente. Fer, mientras pinta paredes desinteresadamente, espera que surja algo mejor.
"El hastío es una experiencia, pero de un tipo totalmente particular: una experiencia en el curso de la cual se descubre que nada se experimenta cuando se espera experimentar algo. (...) Más bien que de experiencia del hastío, es preciso entonces hablar del hastío de la experiencia". (1) Observamos en el transcurrir del largometraje, jóvenes cansados del fárrago cotidiano, hastiados del trabajo hecho sin ganas -porque "eso no es lo mío, y lo mío no lo encuentro en ningún lado"-, inmersos en el hastío de una experiencia que en alguno de los casos diluye las fantasías, las ganas, las búsquedas.
Adriana Puiggrós, (2) al momento de pensar la educación, el trabajo y el futuro de los jóvenes, plantea que nos encontramos al frente de una sumatoria de problemas: los pozos de miseria, el fracaso de muchos argentinos en la escuela primaria o secundaria, el acceso a la tecnología para el consumo y no para la producción, el crecimiento de un sin número de jóvenes desinstitucionalizados sin lazos con el sector productivo ni con el sistema educativo. "En la calle. En los semáforos. En la esquina con el tetrabrik de vino. En el rincón con la cocaína. En la cadena del narcotráfico. En el fin terrible de una vida corta. O, menos trágicamente, sintiendo que nada vale la pena y tratando tristemente de tirar; viviendo cada día de un laburito a otro, haciendo un cursito de computación y otro de relaciones públicas, sin formar una familia, sin acumular satisfacciones de trabajo, ni plata, sin mucho que esperar. (...) No creen en nada, ni en las instituciones ni en la política ni alcanzan a concebir que hay una historia, que el futuro no está sellado, que se puede construir. No entienden que la contingencia de la historia es su esperanza y la viven como caos". (3)
La configuración intermitentemente recesiva de nuestro país, el crecimiento de la pobreza urbana, el estancamiento productivo, y la muy escasa demanda de trabajo han modificado los hábitos, costumbres y estrategias de vida de los jóvenes. La afirmación de un inmenso descrétido se hace visible en el reclamo de los jóvenes que deja por fuera a la escuela como posible espacio generador de autonomía. Miguel Orellano, (4) en entrevistas grupales realizadas en establecimientos de enseñanza media, se encuentra con que los jóvenes a la hora de ser interrogados sobre si creen que el secundario los ayuda, en forma generalizada responden "no". Ante la pregunta por si la escuela los forma para buscar empleo, la respuesta es que la demanda existente es el conocimiento del Inglés y la computación y eso sólo se aprende "correctamente" en los institutos privados. "Lo de la escuela no te sirve". Cuando el entrevistador pregunta dónde buscar esto que ellos marcan como falencias de la escuela, la respuesta es: "en otro lado", "en la calle", "en cursos cortos", etc.
Volvemos así a lo que Adriana Puiggrós plantea como confusión. Confusión de la que no sólo son partícipes los estudiantes sino también aquellos ocupados en diseñar la transformación de los sistemas educativos. "En este fin de siglo el problema de la educación para el trabajo se ha vuelto muy confuso. La confusión se plantea porque se reduce ciencia a tecnología, y educación para el trabajo a educación tecnológica. En lugar de considerar la relación profunda entre ciencia-tecnología-sociedad se reduce la tecnología a la adquisición de competencias prácticas. Simultáneamente se reduce el trabajo al empleo". Y Puiggrós continua: "El resultado son propuestas pedagógicas de corto alcance, dirigidas a capacitar personal para una empresa determinada o proporcionándole conocimientos instrumentales de uso limitado".
La autora hace referencia a una "mezquindad básica", mezquindad que se traduce en capacidad de competencia, capacidad para el mercado, éxito individual, "ser uno mismo" (idea de gran consenso y extremadamente loca cuando se asienta en la absoluta indiferencia de nuestros semejantes). Mezquindad que hace que toda solidaridad pierda sentido, que todo programa o proyecto social, democrático o ciudadano sea considerado inútil, así como inútiles serán los aprendizajes a-sistemáticos y meramente informativos.
Esta mezquindad es la misma que encontramos en el acceso a los derechos típicos de la ciudadanía tales como educación, calidad de vida, salud, etc. Este acceso se vuelve cuestión de éxito, poder adquisitivo o nivel socieconómico. Los servicios básicos y la infraestructura pública (escuelas, clases, docentes, hospitales, médicos, etc.) se vuelven algo que puede estar o no al alcance del ciudadano sin que esto se torne un problema político relevante, ni la demanda por los mismos, un derecho a ser atendido. De esta manera, la elección de una carrera profesional o de un trabajo estaría más ligada a la imagen de una correcta inversión, que a un derecho pasible de ser ejercido. Es por esto que desde un cierto plano se responsabiliza fácilmente a los estudiantes de no haberse formado correctamente por pobres, maleducados, incapaces o incultos. Y desde otro plano, a la escuela por ser incapaz de transmitir toda la información necesaria.
Esta confusión de la que hablábamos parece ser toda claridad al momento de destruir metódicamente lo colectivo basados en la retórica neoliberal de la "justicia" de la desigualdad (los mejores, los más capacitados, etc.), la cual no hace mención de que las desigualdades económicas, culturales, territoriales, las desigualdades de oportunidades, son desigualdades sociales.
La educación, considerada durante mucho tiempo como donadora de herencia cultural y de equidad, al transformarse en un elemento de "calidad" e "instrumental para uso práctico" pasa a ser un privilegio. Pero lo que es peor, pasa a ser una especie de ruleta rusa que descarta en el camino a los que ese instrumental no les sirve para nada.
Volviendo al film, podemos justificar que algo de lo que somos tiene que ver con lo que hacemos. El problema se plantearía si lo que hacemos es todo lo que somos, sin dejar lugar a nada más. Entonces, si hacemos lo que somos, habilidad de hacer está dada por la posibilidad de hacer. Hacer en el acierto, hacer en el error, en la audacia, en la reacción, en la mutación, para reconocer que la contingencia de la historia puede ser nuestra esperanza.

[1] Esta cita corresponde a Didier Raymond, quien ha expuesto de modo sugestivo la experiencia del hastío en Schopenhauer. Citado en Ritvo, Juan (2000): Las formas de la sensibilidad. Restos de la cultura. Laborde Editor/Ed. Fundación Ross. Rosario. Subir
[2] Puiggrós, Adriana (1999): "Educar. Entre el acuerdo y la libertad". Propuestas para la educación del siglo XXI. Ed. Ariel. Subir
[3] ibidem 2. Subir
[4] Orellano, Miguel (1999): "Los jóvenes, la escuela y el mundo del trabajo. Algunas reflexiones acerca de la producción de la subjetividad en el fin del milenio". En Adriana Puiggrós y otros: En los límites de la educación. Niños y jóvenes del fin de siglo. Homo Sapiens. Rosario. Dicho material corresponde a un estudio exploratorio realizado por Miguel Orellano a jóvenes de sectores medios de la Capital Federal y Gran Buenos Aires de entre 17 y 22 años que en su gran mayoría se encontraban terminando sus estudios secundarios. Subir

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