Si se nos pidiera una descripción de las imágenes que cada uno de nosotros asocia a la palabra “artista”, es muy probable que existan tantas variantes como respuestas. Algunos imaginarán actores o actrices, otros cantantes de ópera, otros pianistas o violinistas, alguien pensará de inmediato en el bajista de una banda de rock o en un trompetista de jazz, algunos imaginarán una figura moviéndose inquieta en un atelier entre caballetes y bastidores... En cualquier caso, sería posible encontrar en todas esas variantes algunos puntos en común: se trataría, en cada uno de esos ejemplos, de personas en movimiento, de artistas en acción, arriba de un escenario –uno equipado con luces y amplificadores en un teatro o un auditorio, o uno improvisado por la imaginación de un público espontáneo formando un semicírculo en la calle, en una plaza o en un parque.
La Dirección General de Enseñanza Artística, de la que dependen los lnstitutos Superiores de Arte no Universitarios –el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla”, el Conservatorio de la Ciudad de Buenos Aires “Ástor Piazzolla”, la Escuela de Arte Dramático, el Instituto Vocacional de Arte “Manuel José de Labardén” y el Instituto de Investigación en Etnomusicología– enfrenta entonces el desafío de conciliar los imperativos de la vocación docente con las urgencias de la vocación artística. Procurar, en definitiva, que la fundamental tarea académica que se desarrolla en cada uno de sus Institutos desborde el marco de las aulas y llegue a toda la comunidad.
A diferencia de otros establecimientos educativos, para los cuales la posibilidad de exponer los frutos de su esfuerzo a la comunidad de la que forman parte constituye un momento, aunque gratificante, en última instancia excepcional, en el caso de los institutos artísticos esa experiencia constituye una de sus características esenciales: la actividad del artista sólo cobra sentido cuando se muestra –y esto vale tanto para los espectáculos masivos como para la musica reservata del siglo XVI o las más recientes experimentaciones ante audiencias de una sola persona.
Acaso sea esa una de las mayores dificultades que deben enfrentar los artistas en formación: encontrar la manera de hacerse oír en una comunidad cuya atención no está necesariamente garantizada de antemano. Y allí es donde la acción institucional se vuelve imprescindible, para garantizarle al artista los espacios adecuados para expresarse –circunstancia que, vale la pena insistir, no es paralela o posterior a su formación sino que es parte fundamental de ella–, y para invitar a la comunidad a dirigir hacia ellos su atención.
Con esa doble articulación como objetivo, la Dirección General de Enseñanza Artística desarrolla actividades en diversos ejes:
Además, desde luego, de las acciones de perfil netamente académico, con el objetivo de dinamizar en el funcionamiento interno de las diversas instituciones:
A lo cual debe sumarse, por supuesto, la adecuada difusión de todas esas actividades para generar un vínculo más estrecho entre los artistas y la comunidad de la que forman parte.